GRAN MAESTRO SHOSHIN NAGAMINE 

Autobiografía  del Sensei Nagamine extraída de su libro «La esencia del Karate-do okinawense»



10 º dan
n.  Tomari, Okinawa, 1907 - f.  1997





UNA RECETA SALUDABLE

Nací el 15 de julio de 1907, en Tomari, ciudad de Naha, Okinawa; mi niñez la pasé atormentado por una salud endeble. Cuando era estudiante del Colegio Superior sufrí un desorden gastroeterólogo tan serio, que ni mi propio medico fue capaz de curarme, e incluso mis amigos llegaron a temer que tuviera tuberculosis. 

Decidí seguir una dieta que me impuse yo mismo y estudiar karate con Chojin Kuba, quien vivía en el mismo vecindario. Mi vida con el karate comenzó así a la edad de 16 años.

1925 - Sensei Shoshin Nagamine a los 18 años
Encontré que el karate gradualmente mejoraba mi salud. A la edad de 18 años encaré seriamente su estudio y entre en una escuela ubicada en Shuri, dirigida por Taro Shimabuku. A través de su estímulo y con un severo entrenamiento de mi parte, el karate llegó a fascinarme tanto que a menudo me olvidaba de comer. 


Por recomendación de Shimabuku comencé, junto con él, a estudiar con Sensei Ankichi Arakaki. Y bajo la guía de éste apreciar el espíritu y la belleza del karate-do.

En mi último año del Colegio Superior, fui el capitán del club de karate del colegio. No solamente había superado mi enfermedad estomacal, sino que había adquirido más fortaleza. Inclusive mis amigos llegaron a apodarme "Chipaii Matsu" (pino firme). En ese año, mi colegio tomó parte en una demostración de karate en Naha. A fin de poder paiticipar, debíamos entrenar todas las tardes con el eminente karateca Kodatsu Iha, uno de los discípulos dilectos del gran Kosaku Matsumora (1829-1898). Recuerdo que Iha era un instructor muy estricto, pero a la vez amable.

Una vez terminados mis estudios en el Colegio Superior, mi muy mejorada salud me permitió pasar el examen físico para el servicio militar. Fui destinado a una unidad de artillería japonesa que fue enviada a China en  1928. Mientra permanecí allí, tuve la esperanza de aprender el kempo chino. Sin embargo, no pude lograrlo y lo único que conseguí fue un libro que contenía instrucciones acerca de las artes marciales chinas.

Luego de habérseme dado la baja, pensé en mi trabajo futuro. Finalmente decidí que desempeñándome en las fuerzas policiales sena el único modo de poder seguir estudiando karate y hacer el mayor uso posible de éste durante el trabajo. En diciembre del año 1931, conseguí muy oportunamente un empleo como policía en Okinawa. Yo veía ésta como la mejor ocasión de estudiar científicamente el karate-do okinawense, que aún no había sido sistematizado, y entrenar tanto la mente como el cuerpo a través del mismo.


Mi puesto en el departamento de policía de Kadena, desde 1931 hasta 1935, me pemiitió tener como instructor al famoso Chotoku Kyan, conocido en el lugar como Chan Mi-gwa (Kyan, el de los ojos pequeños). En 1936, mientras estudiaba en la Academia Policial Metropolitana de Tokio, fui alumno de Choki Motobu, llamado Motobu Zaru (Motobu, el mono), por su gran agilidad. Era conocido como el mejor karateca de Okinawa.

En mayo de 1940, en el Festival de Artes Marciales de Japón celebrado en Kioto, cuando tenía 32 años de edad, pasé con éxito los exámenes para Instructor de Karate-Do y recibí el grado de Renshi (instructor calificado de karate-do). En la misma ocasión, recibí el Tercer Dan de Kendo, el arte de la esgrima japonesa, que había empezado a estudiar hacía cuatro años.

Luego fui miembro del equipo de Kendo de la Policía de Okinawa y en 1943 fui a Nagasaki, Japón, para participar en el Torneo de Kendo de la Polida de Kyushu. Estudié celosamente el kendo por cuanto quería llegar al corazón de las similitudes entre este arte y el karate-do.

Durante la 2da. Guerra Mundial me fue encomendada la Jefatura del Departamento de Distribución de Suministros de Emergencia para la Guerra, de la Policía de Naha. Con el avance de la guerra, fuimos empujados hasta el extremo sur de la isla desde el área de Shuri. El 27 de junio de 1945, el comandante japonés Teniente General Ushijima, fiel al código de tradiciones de los samurai, cometió hara-kiri en una cueva situada en Mabuni o lo que ahora se conoce como el "Farallón del Suicidio". Ushijima dejó un poema antes de matarse que, en una parte decía: "...aún cuando hojas jóvenes habrán de caer antes del otoño, espero que crezcan nuevamente, cuando en el futuro llegue a la isla la primavera." Con la noticia de la muerte de Ushijima, voluntariamente nos rendimos al ejército norteamericano, en la creencia que no tenía sentido seguir peleando.
 

DEVOCIÓN RENOVADA

Después de la rendición, fui enviado a una aldea llamada Iraha, en donde hice toda clase de trabajo para los heridos de retaguardia. Un día sucedió que encontré un libro en la calle. Para mi sorpresa, se trataba de "Karate-do Kyohan" de Gichin Funakoshi, quien fue el primero en introducir el karate en Japón. Supuse que era más que una coincidencia el haber encontrado este libro y creí que el destino me llevaba a tomar "el camino del karate". Decidí abocarme a esta disciplina para ayudar a reformar la sociedad decadente nacida a principios de la guerra.








Terminada ésta, la juventud se vio empujada a la desesperación; el sentido de su moral se desvaneció y aumentó enormemente la delincuencia juvenil. Apareció como imperativo el imprimir una fe imperecedera en los corazones y en las mentes de la juventud promeledora, y yo sentí que existía una verdadera necesidad de un dojo en que la gente pudiera entrenar sus cuerpos y forjar espiritus indomables.

El estado ruinoso de mi país me impidió concretar inmediatamente mi sueño de abrir un Dojo y regresé al Departamento de Policía. En enero de 1951 fui ascendido a jefe de policía y pasé a ocupar este cargo en el Departamento de Motobu.

Después de asumir funciones allí, armé un programa para todo el año, de instrucción sistemática de Judo, para todos los jóvenes policías cinturones blancos, con el propósito de participar en un torneo de judo de toda Okinawa. Comencé a entrenarlos todos los días, enseñándoles también karate.
 
Durante ese año afronté muchas dificultades de las cuales la peor fue la muerte de un compañero policía como consecuencia de un accidente en la práctica de judo. Después de superar muchos contratiempos, finalmente participamos en octubre en el torneo y nuestro equipo de cinturones blancos del Departamento de Policía de Motobu, que contaba con sólo sesenta policías, ganó contra otros trece equipos policiales mucho más numerosos. Algunos de ellos, provenientes de las comisarías de Maehara, Kosa, Shuri y Naha, tenían más de doscientos efectivos cada uno. Pero nuestro severo entrenamiento del año anterior nos dio la victoria en este torneo. Como un símbolo de aquella victoria los cinturones blancos fueron promovidos a cinturones negros de primer grado (shodan).


Satisfecho con el resultado de mis esfuerzos como Jefe del Departamento de Policía de Motobu, renuncié a este puesto a fin de cristalizar mi mayor anhelo, que era construir mi Dojo. Llevé a cabo mis sueños abriéndolo en Naha en enero de 1953 y lo llamé Kodokan Karate-do y Kobuyutsu Dojo (kobuyutsu se refiere a las viejas artes marciales de Okinawa que utilizaban armas de estilo antiguo).

La historia de mi vida con el karate debe incluir el papel de mis maestros y su influencia no sólo sobre mi persona sino también sobre todos los que han seguido el camino trazado por ellos. Yo he recibido instrucción de tres grandes maestros: Ankichi Arakaki (1899-1927), Chotoku Kyan (1870-1945) y Choki Motobu (1871-1944). El Sensei Kyan había sido alumno del Sensei Sokon Matsumura (1809-1896) de Shuri y el Sensei Motobu fue discípulo del Sensei Kosaku Matsumora (1829-1898) de Tomari. Por lo tanto, soy el tercer instructor después de estos dos maestros. Basándose mis enseñanzas en las ideas de éstos dos notables maestros, decidí en 1947 llamar a mi estilo de Karate-do Matsubayashi-ryu en honor a ambos. De esta manera, los nombres de estos karatekas serían conservados en nuestras memorias.

El lector puede ahora entender, a través de la relación de mi vida con el karate y con mis maestros, que tanto ellos como yo mismo, jamás hemos innovado, a no ser con la finalidad de preservar y lograr avances en el karate como arte marcial, con un sentido practico para la defensa personal y dando gran valor al camino del autoentendimiento. 

El Karate, tal como debe ser practicado, no es un deporte de competencia o de violencia en el que los hombres se ven incitados a pelear. Ni tampoco es un entrenamiento físico  por el gusto de entrenarse o por el que solamente se busque romper tablas o ladrillos.  El karate  es  un perfeccionamiento   tanto de   la   mente   como   del cuerpo,   pretendiendo guiarlo a uno a una mejor comprensión de sí mismo, así como del mundo.
 

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