KEN ZEN ICHI NYO

Por el monje zen Zenko Heshiki


(Ken Zen Ichi Nyo: Karate y Zen como Unidad)


Para cualquiera de nosotros, la práctica del Karate o de algún arte marcial llega a ser una pasión.


(ken zen ichi nyo)


En el año 1966 abrí un dojo de Karate en la ciudad de Nueva York. Mi vida se volcó a la enseñanza y a la práctica del Karate. Cuanto más practicaba, mayor era mi interés natural por conocer la historia y filosofía no solo del Karate sino también de otras arte marciales. Llegó el momento en que me sentí con la necesidad de leer libros sobre Miyamoto Musashi, Yamaoka Tesshu, Yagyu Tajima no kami, etc. Después de leer los libros escritos por estos famosos maestros una fuerza vital, como si fuera el de la gravedad, me llevó a la necesidad de leer libros relacionados con el Zen.

Cuando se trata de dar una recomendación para todo aquel que desee dominar un arte, los mencionados maestros coinciden en lo siguiente: "Para lograr la maestría de un arte, es fundamental ir más allá del perfeccionamiento de sus técnicas. Es fundamental penetrar en las profundidades del subconsciente, fuente de toda posibilidad creativa". Sin embargo, esta aseveración llega a crear dudas en el arte que uno practica. ¿Qué es lo que practicamos? ¿Cuál es la finalidad de toda esta pasión que nos lleva a practicar diariamente? En mi caso, estos sentimientos de ansiedad o inquietud duraron unos años. Me sentí al borde de lo desconocido. Viví diariamente con el impulso de encontrar alivio y de tratar de liberarme de este estado de ser dudoso y de desasosiego, me vi motivado a encontrar un maestro.


En el mes de setiembre del año 1968, viajé a Okinawa para estudiar en el dojo de Sensei Nagamine. Mi primera clase diaria con Sensei era a las 6:00 de la mañana, luego a las 13:00, a las 17:30 y la última a las 20:00. También se incluían demostraciones entre las clases de las 17:30 y 20:00 horas. Debido al sudor, me cambiaba de karategi 4 veces por día. En esta época mis pensamientos durante la práctica fueron: "Dime lo que hay más allá de la cuestión física o te atravieso con todo". Muchos estudiantes avanzados cinturón negro la pasaron mal conmigo. De hecho, algunos rehusaban estar frente a mí en la práctica de técnicas de contacto corporal. En cada clase, después de 15 minutos de práctica, no había parte del cuerpo que no me doliera. De cabeza a pies, todo dolor. Después de haber practicado un mes con esta intensidad, tuve dificultades en conciliar el sueño, mis ojos no se cerraban. Me sentaba zazen hasta la medianoche en mi habitación junto al dojo. "Podía escuchar el andar de las cucarachas sobre la superficie del piso del dojo."

Una mañana, al concluir la clase de las 6:00, Sensei Nagamine y yo tomamos un pequeño desayuno, después del cual Sensei se retiró para descansar. Quedé sólo en el dojo. El cielo se ennegreció y cayó una lluvia torrencial como si fuera una cortina de agua que caía sobre la ventana a través de la cual estaba observando el exterior. De repente vi un hombre que caminaba con un periódico sobre la cabeza tratando de llegar al siguiente portal. La vista del foráneo se cruzó con la mía. En ese preciso instante, y sin motivo que pudiera describir, me saltaron las lágrimas. De golpe tomé conciencia del motivo por el que me encontraba allí y el por qué me entrenaba con tanta intensidad. Como un relámpago repercutía dentro de mí la frase de una canción okinawense que dice:


Ashi Miyi Iu Nagachi
Ja Ra Churu Jitu Nu
Kukuru Urishisa Ia
Iusu Nu Shi Iumi

Que se traduce así: "Otros No Sabrán La Felicidad Del Corazón De Aquel Que Sudando Trabaja"

Me sentí como si quisiera pedir disculpas a todos mis compañeros de práctica por haberlos aterrorizado en el dojo. Esta realización quedará impregnada en mí para siempre.


Resuelto que al volver a Nueva York tendría que dedicarme al "Ken-zen ichi nyo". Me sentí muy aliviado y sereno. También estaba decidido a lograr que Sensei Nagamine me acompañara para fundar el dojo Ken-zen ichi nyo. Todas las mañanas después de la clase, humildemente saludaba a Sensei y le pedía: "Por favor Sensei, acompáñeme a Nueva York". Obviamente, con una sonrisa, me decía que no. Nunca abandoné mi misión y seguí suplicándole.

A fines de 1968 ya contemplando mi viaje de regreso a Nueva York, una mañana, ante mi asombro, Sensei me dijo: "Si puedes esperar dos semanas, iré contigo a Nueva York". ¡Nunca sentí un gozo tan tremendo en mi vida! En enero de 1969 viajamos a Nueva York junto con su alumno Chotoku Omine. Sensei Nagamine se dedicó a dar seminarios y conferencias durante dos semanas, después de lo cual se volvió a Okinawa. Me sentí inmensamente honrado por el hecho de que Sensei Nagamine aceptara mi humilde deseo de visitar Nueva York y ayudarme a fundar el dojo. La práctica de zazen pasó a formar parte de las clases diarias. Tanto en cuerpo como en mente me sentía como el estar por encima de la forma física. Sin embargo, mi obsesión con el Seigwan-Geiko de Yamaoka Tesshu fue irrefrenable.


En la obra Zen y la Cultura Japonesa, en el capítulo relacionado con el zen y el Arte de la Espada, el Dr. D. T. Suzuki define el término "Seigwan-Geiko" de la siguiente manera: "Seigwan es un término budista que significa 'voto' o 'plegaria' y Geiko o Keiko es 'disciplina'". Yamaoka Tesshu (1836-1888), uno de los más famosos maestros de la espada y del Zen en Japón, creó un método de entrenamiento para sus alumnos que ponía a prueba algo más que su fortaleza física y mental. Los alumnos podían pedir permiso para participar en una contienda de espadas que duraba de tres días a una semana. El participante electo se tenía que enfrentar hasta con doscientos oponentes, cien por la mañana y cien por la tarde. Después del primer día, el participante aún se sentía con fuerzas, mentalmente alerta, bien enfocado, aunque todo su cuerpo presentaba hematomas producidas por golpes con el shinai (espada hecha con bambú). Sin embargo, al finalizar el segundo día, el cansancio mental y físico se había apoderado del estudiante, y al conluir la contienda en el tercer día, el estudiante se encontraba completamente desgastado, sólo era una masa de tejido repleto de moratones; no sabía quien era ni donde se entoncontraba. Su dieta pasó a ser "comida líquida o semilíquida, y su orina llegó a tener un color rojizo"; sin embargo, en su estado aparentemente lamentable, el estudiante experimenta un momento particular que, con fines prácticos, escapa y desafía a la lógica y al intelecto que es producto de la mente conciente. De forma casi milagrosa, y aparentemente de la nada, aparece una nueva fuente de ki (energía vital). La mente inconsciente, ahora liberada de los problemas de la conceptualización, del dualismo (es decir sujeto-objeto, el oponente y yo), emerge. Los movimientos del alumno fluyen con naturalidad, con ritmo, sin esfuerzo y desde el punto de vista de la creación, más allá de la técnica, sin titubeo ni intelectualización. El estudiante se une al movimiento. Espiritualmente, es la unión de la mente con el cuerpo. En su sabiduría íntima, Yamaoka Tesshu se dio cuenta que era fundamental 'matar al cuerpo', a la mente conciente. La única manera para que esto fuera posible era mediante el entrenamiento que muchas veces se malinterpreta o se mal representa como un simple ejercicio de brutalidad.

En junio de 1969 decidí realizar la siguiente práctica severa. Elegí un alumno que pensé en ese momento que era el mejor candidato para acompañarme en este entrenamiento.


OBJETIVOEjecutar "Fukyu-gata ichi" una y otra vez hasta que... 

Comenzamos una noche a las 21:00. Cubrimos todos los relojes y las ventanas con material opaco. Lo único que iluminaba el dojo era una luz tenue, utilizada para la práctica de Zazen. En el comienzo, para ejecutar cada movimiento del kata, alternamos el conteo. Durante la primera hora, comenzamos a practicar lentamente, como para precalentar. Cuando llegamos a practicar con total potencia, un ki ilimitado fluía automáticamente sin ningún esfuerzo aparente. Cada tanto nos veíamos obligados a interrumpir para hacer zazen, ya que sentíamos nuestros pies como si estuvieran ardiendo. Al realizar cada movimiento del kata con tanta potencia, una sensación extraña se apoderó de mí. Una vez ejecuté la totalidad del Fukyu-gata ichi con la intención de dejar mi vida. Aún así y sorprendentemente no me sentí exhausto, ni siquiera sentí un cambio en mi respiración. Yo no estaba ejecutando el Kata, el Kata se ejecutaba a sí mismo. Todo mi cuerpo se movía en total sincronización. El Kata y yo éramos uno, Ken-zen ichi nyo dejó de ser para mí una frase o un concepto.

Ipsofacto... lo supe y lo sentí con todo mi ser.

Interrumpimos, ya eran las 6:00 de la mañana. No sentimos el transcurrir del tiempo.. Mi alumno fue al baño desde donde me dijo con voz alta: "Sensei, mire... mi orina se enrojeció". Le contesté: "No te preocupes, tomaremos té verde". Yo también me asusté ya que mi orina también contenía sangre.


No recomiendo esta práctica a nadie que no esté preparado para ello. Para poder realizar este tipo de entrenamiento severo, uno debe practicar todos los días durante varios años como así también sentarse en Zazen con frecuencia e intensidad.





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